11 May Educar en desigualdad
Hay una idea muy presente en nuestra forma de entender la educación: que la escuela es el gran ascensor social y que, independientemente del punto de partida, basta con el esfuerzo para llegar. Es una idea poderosa, pero cada vez más cuestionada por la realidad. En Galicia, muchas niñas y niños crecen en contextos marcados por la precariedad, la inestabilidad o la falta de apoyos. Esa realidad no se queda fuera de la escuela; entra cada mañana en las aulas y condiciona lo que allí sucede.
Otra manera de medir el éxito escolar
Seguimos midiendo el éxito en notas y títulos, pero lo esencial no siempre aparece ahí. Nadie puede aprender si no se siente seguro, acompañado y reconocido. Por eso muchas trayectorias se rompen antes de tiempo. No porque falle el alumnado, sino porque el sistema no siempre se adapta a realidades distintas. La escuela no solo reduce desigualdades; a veces también las reproduce sin pretenderlo.
Esto no es una crítica al profesorado, sino todo lo contrario. Los y las profesionales de la educación conocen bien esta realidad y sostienen situaciones complejas con mucho compromiso, pero también saben que hay límites que no se pueden resolver únicamente desde el aula. La educación no puede asumir toda la responsabilidad, pero tampoco puede ignorar el contexto. Necesita coordinación con otros ámbitos sociales, sanitarios y comunitarios.
En este sentido, el trabajo en red debe ser una parte estructural del sistema educativo, no algo excepcional. La educación social en los centros y la implicación del tercer sector son fundamentales para dar respuesta a realidades que van más allá de lo académico. No son apoyos externos puntuales, sino parte del ecosistema educativo. Normalizar esta presencia significa entender que la educación no termina en el aula y que el bienestar del alumnado depende de una red de cuidado compartido entre la escuela, los servicios sociales, la educación social y las entidades sociales.
Hay algo que sabemos que funciona: cuando un niño o una niña se siente escuchado, acompañado y reconocido, todo cambia. Y cuando el trabajo es coordinado entre profesorado, educación social, servicios sociales y tercer sector, el impacto es mucho más sólido. Quizá deberíamos preguntarnos si es posible pedir igualdad a la escuela sin darle las condiciones para conseguirla. Porque responder a esto no es solo una cuestión educativa, sino una responsabilidad colectiva.
Carlos Rosón
Director de IGAXES