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Del odio a la empatía

El informe sobre la evolución de los delitos e incidentes de odio en España (2025) nos vuelve a alertar: los delitos de odio son el síntoma de una sociedad cada vez más polarizada, donde determinados colectivos se convierten en objeto de sospecha, rechazo o discriminación. Los datos del Ministerio del Interior lo confirman: los delitos e incidentes de odio aumentaron un 23,6 % respecto al año anterior. Pero detrás de cada cifra hay historias humanas: el deterioro de los vínculos que sostienen la convivencia.

Un dato debería llamarnos la atención. Desde hace años, los jóvenes —y especialmente los menores de hasta 25 años— representan alrededor de un tercio de las víctimas de delitos de odio y cerca del 40 % de los autores. Son quienes más sufren el fenómeno y quienes con más frecuencia lo reproducen. No es un problema que afecte únicamente a los márgenes de la sociedad; está ocurriendo en los espacios donde nuestros jóvenes conviven.

Lo comprobamos en un estudio realizado por la Federación Jóvenes e Inclusión con más de 3.000 jóvenes en situación de vulnerabilidad en toda España. Casi la mitad de quienes habían sufrido discriminación afirmaban no haber hecho nada ante ella. Apenas un 1,7 % acudieron a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado. El motivo, según declaraban, era que denunciar era demoler para no denunciar era demoledor: «No va a servir para nada».

Pero quizá el dato más inquietante era otro. Cuando se les preguntaba dónde se sentían más discriminados, señalaron, en primer lugar, la escuela y, a continuación, a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado. Precisamente en aquellos entornos que deberían percibirse como protectores.

La infradenuncia: donde crece el odio

La infradenuncia sigue alcanzando datos inaceptables, pero es necesario tener en cuenta otro fenómeno, aún más dañino. Se refiere a los hechos que no llegan a denunciarse; la infradetección alude a aquellos que ni siquiera son identificados como tales.

La primera infradenuncia no se produce cuando no se acude a denunciar, sino mucho antes. Se produce cuando una víctima normaliza lo que está sufriendo, cuando quien agrede no es consciente del daño que causa, o cuando quienes observan permanecen indiferentes. Los delitos y discursos de odio suelen estar precedidos por procesos de desconexión: dejamos de ver al otro como una persona para empezar a verlo como una etiqueta o una amenaza.

Los resultados del programa de Igaxes y Fundación Trébol en centros educativos gallegos ayudan a comprender este fenómeno. Conductas como humillar, ridiculizar, excluir, controlar o intimidar forman parte de la experiencia cotidiana de muchos adolescentes y, sin embargo, continúan siendo percibidas como normales. Existe una fase previa en la que la violencia deja de ser reconocida como tal.

La historia nos enseña que los grandes episodios de discriminación colectiva —desde el antisemitismo hasta la segregación racial— fueron posibles cuando amplios sectores de la sociedad dejaron de identificar como iguales a quienes sufrían la exclusión. El odio rara vez comienza con una agresión; suele empezar con una burla tolerada, un prejuicio o una discriminación.

Allí donde desaparece la empatía, el odio encuentra el terreno perfecto para crecer.

La buena noticia es que la empatía también se aprende. Si el odio levanta muros, la convivencia se construye tendiendo puentes. Y quizá hoy necesitamos invertir en esos puentes: en la escuela, en las familias, en las instituciones. Porque la mejor política contra el odio sigue siendo una sociedad capaz de reconocerse en el otro.

Carlos Rosón

Director de IGAXES

La Voz de Galicia