Hay historias que acaban convertidas en espectáculo. El caso de Noelia ha ido ocupando titulares, tertulias y conversaciones en los últimos días, y con ello ha llegado algo que debería incomodarnos más de lo que parece: la exposición minuciosa de su vida íntima, casi como si cada detalle fuera necesario para entender —o juzgar— su decisión final.

Acompañar… O no

Hay historias que acaban convertidas en espectáculo. El caso de Noelia ha ido ocupando titulares, tertulias y conversaciones en los últimos días, y con ello ha llegado algo que debería incomodarnos más de lo que parece: la exposición minuciosa de su vida íntima, casi como si cada detalle fuera necesario para entender —o juzgar— su decisión final.

Acompañar ou non

Se reconstruyen trayectorias personales, se señalan episodios, se enumeran circunstancias. Todo se ordena para que encaje en un relato que atrape, que impacte, que genere posicionamientos rápidos. Pero en ese proceso hay algo que se pierde: la mirada hacia la persona y, sobre todo, hacia lo que como sociedad hay detrás de esa historia. No se trata aquí de opinar sobre la eutanasia ni de cuestionar decisiones individuales o familiares. El foco, quizá, debería estar en otro lugar. Porque cuando una vida termina convirtiéndose en un caso mediático, corremos el riesgo de simplificar lo complejo. De pensar que todo empieza en un momento concreto y culmina en una decisión final, como si lo que hay en medio fuera una sucesión de hechos aislados. Y no lo es.

 

Acompañar no es únicamente garantizar lo básico

Cualquier trayectoria está atravesada por múltiples factores, por apoyos que llegan o no llegan, por momentos en los que alguien está —o no— cuando más falta hace. Y ahí es donde aparece una cuestión incómoda: el acompañamiento. En ese recorrido hay un elemento que no deberíamos pasar por alto: hablamos de una joven que, en parte de su vida, estuvo bajo la tutela de la Administración. Y esto no debería servir para etiquetar ni para explicar su historia de forma simplista, pero sí para recordar algo esencial: cuando una niña o un niño pasa a estar tutelado, la responsabilidad deja de ser solo familiar y pasa a ser, de manera directa, colectiva.

Es la sociedad —a través de sus instituciones— la que asume el compromiso de cuidar, de proteger y también de acompañar. Y acompañar no es únicamente garantizar lo básico. Es sostener procesos en el tiempo. Es generar vínculos estables, referencias, continuidad. Es estar también en las transiciones, en los momentos en los que todo cambia, en los que una persona deja de encajar en un sistema y tiene que construir su propio camino.

Ahí es donde muchas veces aparecen las grietas. No porque falte voluntad, sino porque los sistemas no siempre están diseñados para ofrecer ese acompañamiento prolongado y adaptado a cada trayectoria. Porque a veces los tiempos administrativos no coinciden con los tiempos vitales. Porque, en ocasiones, la presencia se diluye justo cuando más necesaria sería. Y esto no es una cuestión de casos individuales, sino de cómo entendemos la responsabilidad social. Sin embargo, muchas veces funcionamos al revés. Llegamos tarde. Nos activamos cuando el desenlace ya es extremo, cuando la historia duele lo suficiente como para captar atención. Y entonces miramos, opinamos, debatimos… pero sobre todo consumimos.

A dor en contido

Hay algo de consumo en todo esto. Convertimos el dolor en contenido. La complejidad en relato. La intimidad en material de análisis público. Y lo hacemos con cierta naturalidad, como si fuera parte inevitable de la conversación social. Pero quizá deberíamos preguntarnos qué implica eso, no solo para quien está en el centro de la historia, sino para todos nosotros.

Porque este desenlace es dramático, sí. Pero no lo es únicamente por lo que le ocurre a una persona concreta. Es dramático porque habla de algo colectivo. De los momentos en los que, como sociedad, no hemos sabido —o no hemos podido— sostener de manera suficiente a quienes en algún momento dependieron directamente de ese cuidado común.

No desde la culpa fácil, sino desde una responsabilidad que es compartida. Hablar de acompañamiento no es señalar trayectorias ni etiquetar a nadie. Es, precisamente, lo contrario: reconocer que cada vida es única y que cada persona necesita, en distintos momentos, distintos tipos de apoyo. Y que garantizar eso no debería depender del azar ni de la capacidad individual de resistirlo todo.

Quizá el verdadero reto no está en analizar el final de esta historia, ni en posicionarnos rápidamente ante ella. Quizá está en revisar qué tipo de sociedad somos cuando lo que llega a portada es el desenlace, pero no los procesos que lo preceden.

Acompañar no es invadir ni decidir por otros. Es estar cuando importa, también cuando no hay focos. Es sostener sin convertir la vida de nadie en un escaparate. Y, sobre todo, es entender que cuando una historia así se vuelve pública, no estamos solo ante un caso individual, sino ante un espejo incómodo de lo que somos y de lo que todavía nos queda por hacer.

 

 

Carlos Rosón

Director de IGAXES

La Voz de Galicia