O ultimo gran de area

El último grano de arena

En 1987, en el ámbito de la física se formuló la teoría de la criticidad autoorganizada. Su imagen más conocida es sencilla: un montón de arena al que vamos añadiendo granos sin que, aparentemente, suceda nada. Hasta que un grano, idéntico a los anteriores, desencadena una avalancha.

Pienso en esta imagen ante los acontecimientos de Ceuta y algunas de las respuestas que estamos escuchando. La presión migratoria, las cuestiones geopolíticas con la probable implicación de Marruecos y el apoyo de Estados Unidos, la saturación de los sistemas de acogida, los derechos de la ciudadanía ceutí, la complementariedad entre la defensa de los derechos y la exigencia de responsabilidades cuando estas sean exigibles, la presencia de niños y niñas sin referentes familiares, el reto de la solidaridad entre territorios… Todas ellas conforman una realidad extraordinariamente compleja, demasiado para abordarla con el argumentario de turno.

Podemos y debemos discutir sobre política migratoria, fronteras, distribución territorial o capacidad y calidad de los sistemas de protección. Pero existe una reflexión previa: qué límites estamos dispuestos a atravesar para solucionar una crisis, para conservar el poder o para ganar unas elecciones.

Las democracias liberales no se sostienen solo sobre elecciones, parlamentos y gobiernos. Se sostienen también sobre los principios y valores que decidieron imponerse a sí mismas. Uno de ellos es reconocer que existen derechos que no dependen de quién seas, de dónde hayas nacido o, en este caso, de cuán compleja sea la situación o de lo incómodo que resulte garantizar su cumplimiento.

La protección de la infancia pertenece a ese territorio, sin excepciones. Nuestro ordenamiento establece que todo niño o niña que se encuentre en España está protegido por la ley y que su interés superior debe constituir una consideración primordial. No dice que lo sea mientras haya plazas suficientes, mientras protegerlo resulte sencillo o mientras obligue a consensos no deseados.

El Estado de derecho no demuestra su fortaleza cuando protege los derechos en contextos amables, sino cuando se niega a suspenderlos en períodos de crisis.

Por eso preocupa que empecemos a aceptar, como respuesta a una crisis, la excepción o la rebaja de garantías construidas durante décadas. Porque entonces dejamos de preguntarnos cómo resolver un problema respetando nuestros principios y empezamos a preguntarnos a qué principios podemos renunciar para resolverlo.

Las democracias también se erosionan mediante excepciones justificadas por circunstancias excepcionales, mediante pequeñas renuncias que parecen razonables de forma aislada, hasta que lo excepcional se asume como normal y entonces nos preguntaremos qué fue lo que pasó.

Es un momento en el que debemos observar cada grano que dejamos caer sobre la pendiente y cuántos pequeños desplazamientos de sus límites puede soportar una democracia antes de que lo excepcional deje de parecernos excepcional.

¿Qué sucede con una democracia cuando empieza a considerar que los derechos universales pueden convertirse en derechos condicionales cuando garantizar su cumplimiento deja de ser popular?

Carlos Rosón

Director de IGAXES

La Voz de Galicia