Tenemos tendencia a pensar que lo grave es lo excepcional. Que el problema está en las agresiones explícitas, en el titular que ocupa portadas, en la estadística que dispara las alarmas. Pero la pregunta incómoda es otra: ¿qué grado de violencia estamos dispuestos a considerar aceptable? ¿En qué momento una burla deja de ser “una broma” para convertirse en una agresión?
La normalización de la violencia es un camino perverso. Se avanza por él casi sin darse cuenta, paso a paso, hasta que lo intolerable pasa a formar parte del paisaje cotidiano. Pero también hay una buena noticia: ese camino puede recorrerse en ambos sentidos.
En un contexto social marcado por la polarización de los discursos, por la agresividad que se amplifica en las redes sociales y por los enfrentamientos constantes en el espacio público, esa normalización se reproduce también en los centros educativos, en los grupos de WhatsApp y en las relaciones entre iguales. Por eso es tan importante actuar pronto: porque el cambio es mucho más sencillo y eficaz en las primeras etapas de la vida.
Conductas normalizadas en una sociedad polarizada
La adolescencia es el momento en el que ensayamos las formas de vincularnos que después proyectaremos en la vida adulta. En esa etapa se aprende qué significa querer, discutir, reconciliarse o poner límites. La experiencia que acumulamos en el trabajo socioeducativo en centros educativos nos muestra que muchas chicas y chicos llegan a normalizar ideas preocupantes: que querer es controlar, que tener sentido del humor es humillar o que desaparecer sin explicación es una forma legítima de gestionar los conflictos.
Pero también sabemos algo fundamental: cuando se trabaja con el alumnado en la identificación de la violencia —incluso en sus formas más sutiles— es posible frenar esa escalada. Poner nombre a lo que ocurre permite cuestionar conductas, revisar aprendizajes y construir relaciones más sanas y respetuosas.
La prevención temprana: clave
Porque la violencia no aparece de un día para otro. Se instala poco a poco. Empieza cuando una broma ofensiva se minimiza, cuando un comentario despectivo se relativiza, cuando la costumbre del insulto en las redes invisibiliza la agresión. En ese terreno fértil crecen los discursos de odio, que encuentran en las dinámicas virales el combustible perfecto para amplificarse.
Cuando esto sucede, hablar de violencia estructural parece exagerado y muchas desigualdades se diluyen en lo cotidiano. No sorprende entonces que parte de la juventud llegue a negar que existan.
Por eso no basta con reaccionar cuando aparecen los casos más graves y visibles. La prevención empieza mucho antes, cuando las señales todavía parecen “cosas de niños”.
Necesitamos dotar al alumnado y a los centros educativos de herramientas compartidas para entender qué es la violencia en todas sus formas, también en las más invisibles. Un lenguaje común para identificarla y protocolos claros para afrontarla. Solo así podremos transformar, poco a poco, una cultura de tolerancia a la agresión en una verdadera cultura de paz.
Carlos Rosón
Director de IGAXES
El Correo Gallego