Lo que (quizás) no sabes sobre las niñas y niños migrantes

A menudo escuchamos hablar sobre sus pasados, pero la situación cuando llegan al país de origen tampoco es nada fácil.

Seguro que te suenan historias sobre niños y niñas que huyen de sus países. Sabes que aparecen en carteles de propaganda política que pretenden criminalizarlas. Sin embargo, las situaciones por las que pasan cuando llegan al país de destino tampoco son simples. Cuando termines de leer este texto, conocerás otras muchas partes de las realidades de estas jóvenes.

Reciben protección, pero con condiciones

Son niños y niñas que viajan solos y que cuando llegan aquí reciben protección por parte del sistema público. Sin embargo, esa protección no es igual que para el resto de niños y niñas tuteladas. Si cuando alcancen la mayoría de edad no consiguen un trabajo, pierden el derecho a vivir aquí. 

La adolescencia ya es de por si una etapa complicada en la vida de cualquier persona, y aun más si tu situación legal depende de que tengas que conseguir un trabajo antes de los 18 sin ningún tipo de apoyo familiar.

 

Su derecho a la educación se ve vulnerado

A muchos y muchas jóvenes migrantes, al igual que a cualquier adolescente, les gustaría poder seguir estudiando. No obstante, esto es casi imposible porque para poder regularizar su situación necesitan un contrato de trabajo.

Aunque quisieran seguir formándose, a los 18 se ven abocadas, en muchas ocasiones, a aceptar empleos precarios y de baja cualificación. Esto las empuja, a veces, a mudarse a lugares en los que no tienen redes de apoyo.

“Le dije a mi hermano pequeño que no viniera, las cosas no son fáciles aquí”

— Ilias, 19 anos

Tampoco pueden optar a ayudas

Mientras viven en un centro tienen dinero para manutención y ropa. Su única asignación directa es de unos 15 euros semanales para gastos personales, como cualquier otro joven tutelado.

Cuando salen, y mientras tienen permiso temporal de residencia, pueden acogerse a alguna ayuda como la RISGA. No obstante, este tipo de subvenciones no sirven para renovar el permiso de residencia. Además, si caen en situación irregular, la posibilidad de optar a ayudas se ve reducida, ya que muchas de ellas exigen residencia legal.

 

Llevan una herida consigo…

Muchas de estas niñas y niños ven sus expectativas truncadas cuando llegan aquí. El choque con la realidad, con las trabas administrativas, es duro. El dolor que causa el tener que abandonar sus países, se ve intensificada por las dificultades a las que se enfrentan aquí y que, muchas veces, viven en silencio. Para cualquier persona sería difícil contarle a su padre o a su madre que se encuentra en una situación tan vulnerable.

¿Te resulta familiar esta situación? A muchos gallegos y gallegas, si. Es lo que vivieron sus padres, madres, abuelas, bisabuelos, cuando migraron a Europa o América.

“Cuando llegué aquí me preguntaron: que quieres hacer? Yo lo tuve claro: trabajar. Estoy peleando en la vida para ayudar a mi madre, ella es lo más importantee”

— Sidy, 19 anos

…Y una enorme responsabilidad

Muchos y muchas de ellas viven bajo la enorme responsabilidad de tener que «progresar» para sostener a sus familias. Deben hacerlo en un país distinto, que les pone constantes obstáculos a ese progreso. El peso emocional que soporta un niño o niña migrante es incalculable.

Los niños y niñas migrantes forman parte de nuestro futuro conjunto como comunidad. Las leyes que construimos hoy pueden llegar a afectarte negativamente en el mañana. Imagina un futuro sin la posibilidad de viajar, de vivir donde quieras y como quieras. No existe un nosotros y un ellas. Lo que construimos hoy nos afecta a todas.

Contra los bulos, difunde