18 Jun El precio de mirar al alumnado como un problema
Hay decisiones que cambian el significado de un lugar. Este es el caso de la decisión de la Generalitat que llevará presencia policial a varios institutos de Cataluña. Introducir presencia policial en un instituto no transforma solo la gestión de la conflictividad: transforma el clima, las relaciones y, sobre todo, la manera en que se mira al alumnado. Lo que hasta entonces era un espacio educativo empieza a incorporar códigos ajenos, más próximos a la vigilancia que al acompañamiento.
El mensaje que lanza es claro: hay alumnado que necesita ser vigilado antes que acompañado. Y eso, por mucho que no se diga explícitamente, acaba filtrándose en todo lo que ocurre después.
Quienes trabajamos con chicas y chicos en situaciones de vulnerabilidad sabemos hasta qué punto las expectativas condicionan las trayectorias. Cuando a un adolescente se le coloca en la posición de problema, esa mirada pesa. La relación con la escuela cambia, la confianza se resiente y el vínculo se debilita.
La escuela debería ser un espacio donde cada persona pueda construirse más allá de sus circunstancias. Un lugar donde no todo esté decidido de antemano. Pero cuando lo que se introduce es una lógica de control, el equilibrio se desplaza. El foco deja de estar en comprender lo que sucede y pasa a estar en evitar que suceda.
Realidades que no se resuelven con presencia policial
Existen situaciones complejas, relacionadas con lo emocional, lo social y lo educativo… y estamos hablando de abordarlas desde el orden y la contención. La presencia policial puede tener efectos inmediatos sobre determinadas conductas, pero difícilmente aborda lo que hay detrás, y lo que hay detrás, en la mayoría de los casos, no es difícil de identificar: falta de acompañamiento, malestar emocional, desconexión con el sistema educativo, contextos vitales complejos. Realidades que no se resuelven desde fuera ni a través de la vigilancia, sino desde dentro, con tiempo, recursos y relación.
Para quienes ya han experimentado miradas de desconfianza o trayectorias marcadas por la intervención institucional, la presencia policial puede reforzar la sensación de estar siempre bajo sospecha. Por eso, resulta engañoso plantear el debate como una cuestión de seguridad frente a educación. Como si reforzar una implicara debilitar la otra.
Existe otra forma, más amable, menos estigmatizadora y, desde luego, menos violenta: reforzar la presencia de profesionales de la educación social, ampliar los equipos de orientación, trabajar con las familias, incorporar la salud mental como parte de la respuesta educativa, reducir las ratios en los contextos más exigentes… No son soluciones inmediatas, pero sí más coherentes con lo que significa educar.
Lo que está en juego no es cómo responder a la conflictividad, sino desde dónde hacerlo. Si el punto de partida es la sospecha, lo más probable es que el resultado sea más distancia. Si el punto de partida es el acompañamiento, habrá dificultades, pero también más posibilidades de que algo cambie.
La cuestión, en realidad, es sencilla: si queremos que la escuela sea un lugar de oportunidades, es necesario cuidar también la forma en que miramos a quienes están dentro. Porque ahí, muchas veces, empieza todo.
Carlos Rosón
Director de IGAXES