Ceuta_lenguaje

Ceuta: cuando una persona desaparece detrás de una palabra

La llegada multitudinaria de personas migrantes a Ceuta abrió una crisis humanitaria en la que miles de personas cruzaron la frontera a nado. Muchas perdieron la vida o permanecen a la intemperie mientras se busca una solución para su acogida.

En un contexto de tanta tensión, las redes sociales y algunos medios de comunicación se convirtieron en un espacio clave. Sin embargo, muchos dieron paso a mensajes y palabras que, poco a poco, transforman la manera en la que percibimos a las personas de las que estamos hablando.

La forma que tenemos de hablar o de referirnos a una situación no es inocua. Cuando hablamos de personas que se encuentran en una situación de especial vulnerabilidad, los relatos que las presentan como una amenaza o como parte de un conflicto pueden contribuir a deshumanizar su situación y dificultar la búsqueda de soluciones.

 

La deshumanización del lenguaje en la crisis de Ceuta

En las últimas semanas hemos vuelto a escuchar y leer términos como «mena», «ilegales», «invasión», «asalto», «avalancha» u «oleada» para referirse a las personas que llegaron a Ceuta. Las palabras no son neutras. Cuando utilizamos determinados términos para hablar de un colectivo, no solo estamos transmitiendo información: también estamos sugiriendo cómo debemos percibirlo.

No es lo mismo hablar de «miles de personas que llegaron a Ceuta» que de una «avalancha de migrantes». La segunda expresión introduce la imagen de algo que avanza, desborda y amenaza, como si estuviéramos hablando de un fenómeno natural y no de personas. En este caso, el problema no es solo que estas palabras sean imprecisas. Es lo que pueden provocar: que resulte más fácil aceptar discursos que cuestionan sus derechos.

 

Del relato a la percepción

La repetición constante hace que acabemos construyendo una historia en la que ya no vemos seres humanos con experiencias diferentes, sino un grupo uniforme al que se le atribuyen las mismas intenciones.

Una persona que llega sola a otro país puede tener detrás una historia de pobreza, separación familiar, violencia, falta de oportunidades o simplemente el deseo de construir otra vida. Cuando la reducimos a una etiqueta, todo esto desaparece. Le quitamos el nombre, sus miedos y sus proyectos.

La comunicación en este tipo de situaciones se apoya en emociones muy potentes: miedo, inseguridad, enfado o sensación de pérdida de control. Un dato sacado de contexto, una imagen acompañada de un titular alarmista o un caso particular que se convierte en representativo de todo un colectivo. Esto puede reforzar estigmas y prejuicios que ya existían o crear otros nuevos.

 

Lo que mostramos también importa 

Las imágenes también forman parte de este proceso. Un plano de cientos de personas corriendo hacia una frontera puede transmitir una sensación de amenaza. Una fotografía de una persona exhausta, herida o abrazando a un hijo puede ofrecer una percepción diferente de la misma realidad. Las dos imágenes pueden ser reales, pero cada una de ellas destaca una parte distinta de la historia.

Lo mismo ocurre con las cifras. Los datos nos ayudan a entender el alcance de una crisis, pero no pueden convertirse en toda la historia. Quedarnos solo con la cifra puede hacer que dejemos de preguntarnos quiénes son esas personas, por qué llegaron, qué les sucedió durante el trayecto, qué derechos tienen o qué ocurre con ellas después de cruzar la frontera.

 

Comunicar con responsabilidad 

Los medios tienen una responsabilidad, pero también las instituciones, las redes sociales y cada una de las personas que comparte un mensaje. No se trata de dejar de hablar ni de negar los problemas que existen. No significa negar la presión sobre los servicios públicos, ignorar a los vecinos o renunciar al debate político. Se trata de poder hacerlo sin deshumanizar ni señalar a quienes están en el centro de la situación.

La comunicación puede hacer que una realidad compleja parezca sencilla. En muchos casos, incluso da un paso más: construye un «nosotros» y un «ellos». Crea bandos, buenos y malos, y presenta al otro como una amenaza a la que hay que combatir. El lenguaje simplista y fácil genera polarización y enfrentamiento, ofreciendo culpables y soluciones fáciles que ponen en duda la convivencia y el respeto. Cuando solo existen dos posiciones posibles, el diálogo deja de ser necesario: ya no se trata de comprender al otro, sino de ganarle. Las diferencias se convierten en confrontación, el desacuerdo en hostilidad y la búsqueda de soluciones compartidas da paso a la necesidad de señalar responsables.

La libertad de expresión y el debate sobre cuestiones sociales no pueden servir de excusa para deshumanizar, señalar o legitimar la violencia contra otras personas. Ningún discurso ni ningún debate debe decidir qué lugar, realidad o derechos les damos a las personas.